Un irresistible deseo de belleza… sería totalmente sincero decir que ese deseo de belleza me enamora, toca mi corazón y me lleva a lugares donde jamás, por propia cuenta, habría elegido visitar.
¿Qué me enamora? Una pregunta que consumía mi ser, y yo no era consciente de ello.
Crecí en Monterrey, la ciudad de las montañas. Sinceramente, verlas de lejos me gustaba, pero hay un lugar llamado “Huasteca”. Es un impresionante cañón natural. Cuando te acercas a él, poco a poco comienzas a notar lo pequeño que eres, rodeado de tanta belleza. Un cielo azul pinta el techo de este cañón. No sabes a dónde llevar la mirada, no tienes ni idea de a dónde te diriges, solo quieres adentrarte más.
Ahora, aquí dentro del cañón, me siento parte de algo más grande. Más grande que mi orgullo o mi deseo de destacar. ¿Qué importa lo pequeño que soy? Estoy aquí, y soy parte de eso.
Algo comenzaba a cautivar mi alma cada vez que iba a Huasteca, pero lo que más amaba era el cielo lleno de estrellas en la noche. Una a una, cada una con un brillo distinto, como dijo un sabio llamado Pablo…
Sabes, Monterrey es lindo. Una ciudad moderna, con rascacielos y un tráfico que denota las ganas de salir adelante y superarse. Pero, en algún modo, eso se vuelve tóxico. Todo es competencia. No es como estar en un gran cañón y admirar que todo esto fue creado junto contigo.
No, la ciudad no es así.
La ciudad demanda logros y pisotear a los demás: “Vamos, no demuestres que eres parte de ellos. Todos los demás son pequeños. No eres parte de nada y eres pequeño. Debes engrandecerte por tus propios méritos”.
La ciudad clama por velocidad sin restricción… pero perdemos algo muy grande: perdemos la búsqueda de eso que enamora nuestra alma.
Es verdad, si me detengo un momento a admirar estas montañas, algo se conmueve dentro de mi ser. ¿Por qué pasa esto?
¿Y qué si hay alguien más grande que tú y yo queriendo cortejarte? ¿Y qué si hay alguien más grande que tú y yo, que se esfuerza en enamorarnos día a día?
¿Y si es así?
Esa pregunta consumía mi ser… hasta que un destello de amor entró a mi vida. Aunque, seré aún más sincero: muchos destellos, poco a poco. Unas cuerdas de amor que me atraían hacia Él.
Él es…
¿Quién es Él? Me preguntaba. ¿Y qué ve en mí, que ha decidido que vale la pena, día tras día, ir por mí?
Yo no lo entendía.
Porque, “a través de bosques y campos, del arte y de la música, mi corazón estaba siendo cortejado de muchas maneras”. Eso me dirigió a Dios, al Yo Soy. Me di cuenta de que eso que me acercó a Dios fue Él mismo, por medio de todo aquello que elevaba mi corazón por encima de lo mundano, por encima de mis aspiraciones.
Eso que despertó mi deseo por conocer al que enamoraba mi alma era, simplemente, que Dios mismo me estaba guiando a vivir la vida que emana de su corazón.
“La vida de su corazón es la que Dios procura con afán”.
1 Juan 4:9 NVI
Así manifestó Dios su amor entre nosotros: en que envió a su Hijo único al mundo para que vivamos por medio de él.