SIGUIENDO HUELLAS DE NUBES DE GLORIA

Josué — Bless

Constantemente me hago preguntas; algunas, a veces encuentro respuestas y, en otras ocasiones, me ha tocado vivir respuestas que revelan nuevas preguntas.

No me había dado cuenta de que el cuerpo humano realmente reacciona cuando le cambias dos factores (al parecer) importantes en su comodidad: “altura y dialecto”. Déjame presentarte un poco la situación.

Me encontraba en una de las montañas más altas del mundo; yo soy una persona para nada deportiva, pero mi meta era sencilla a simple vista: “Llegar a la mitad de la montaña”. Sonaba fácil en mi cabeza, hasta que me di cuenta de que el trayecto sería largo, pues mis dos acompañantes no hablaban mi idioma y teníamos que subir más de mil metros aquel día… de todos modos no tenía otra opción.

Cuando superamos los 3,700 metros de altura, mi mente comenzó a sufrir las consecuencias de cambiar mi estilo de vida del puerto junto al mar para subir el Annapurna; al no poder tener charlas profundas con mis compañeros (porque usábamos un tercer idioma para comunicarnos), solo quedaba dialogar en mi cabeza y ver si alguien me podía responder.

La mente ya me había abandonado allá arriba, pero poco a poco comencé a confundir las piedras con personas; en Asia nadie habla español, entonces ese momento se convirtió en una lucha en mi cabeza por ver en qué idioma me podrían contestar. Atrapado por la niebla de una tormenta de nieve, comencé a charlar en mi corazón, un poco molesto porque las piedras no me contestaban ninguna de mis dudas; solo quería saber dónde estaba la base del campamento.

Muchas veces el mundo es así: “Como nadie habla mi idioma… ¿a dónde lanzo mis dudas?”. Y de pronto me di cuenta de algo: mi cuerpo no estaba diseñado para estar tan alto. Con dudas, mientras buscaba la base del campamento, descubrí una verdad, pero todo mi español comenzó a girar en la misma frase:

“Creo que aquí no funciono”.

Léeme bien, solo en las alturas pude darme cuenta de que mi cuerpo no era útil; desesperado por ser escuchado, me di cuenta de que mis manos y mis piernas no están diseñadas para habitar las alturas.

Esa verdad abrió la pregunta: ¿qué fue diseñado para las alturas en mí?

Si lleno mi botella de agua con arena, ese espacio cilíndrico cumplirá su función de retener algo en su interior… pero la arena no fue diseñada para tomar el lugar del agua. Así como la playa tiene a ambos elementos conviviendo en su entorno, pero cada uno cumple un propósito, los dos están en donde deben estar.

El cuerpo humano no tiene como destino morar en las alturas; se hace débil y se vuelve inútil al hacerlo… esa es una verdad.

Pero en todo esto vemos la huella de algo mayor y glorioso, porque debe haber algo mayor que estos montes altos, que no están a la altura del cielo, pero debilitan mi cuerpo. Si nuestro cuerpo no es capaz de estar bien en las alturas, deshagámonos de ese cuerpo… ¿qué nos quedaría?

“Nuestro espíritu y nuestra alma”.

Los tres conviven en un mismo recipiente: “espíritu y alma dentro del cuerpo”. En conjunto forman algo hermoso a la vista… así mismo como la orilla del mar nos muestra una obra bella cuando se asoma por detrás el alba; algo perfecto y con el sello de un artesano extraordinario que ensambló cada pieza con extremo detalle.

¿En dónde estará ese genio que creó todo esto?

Si el cuerpo se quedara como la arena a la orilla, aunque tratáramos de unirlo al mar, este se despedazaría y perdería su forma, uniéndose a toda la arena aplastada bajo el mar… pero el espíritu separado del cuerpo nos grita sin palabras: “¡Pertenezco a algo mayor!”.

¿Mi alma serviría para habitar en las alturas?

Pues estamos diseñados a Su imagen, como el agua que pertenece a un mar mayor, el cual cubre y supera la fuerza de toda la arena junta.

Tu vida y mi vida tienen un propósito; puede que nuestros cuerpos no sean lo suficientemente fuertes para acompañarnos arriba, en las alturas, en una eternidad (o como a mí, que no pude ni a 4,000 metros de altura), pero de algo estoy seguro: nuestras almas nunca han sido limitadas a la capacidad de este cuerpo.

Aun sin fuerzas, el alma busca esperanza porque el cuerpo no nos puede salvar ni acompañar; y si nuestra esperanza no está en esta tierra, significa que podremos ver hacia los cielos. Porque en las alturas el cuerpo pierde fuerzas, y en la vulnerabilidad vemos que necesitamos ayuda de algo mayor.

¿Y dónde está ese que me diseñó? ¿Por qué no simplemente Él hace algo para ayudarme?

Pues… sí lo hizo.

Te escribo de esto y no puedo omitir aquello que une todo en perfecta armonía: el amor.

“Más bien, al hablar la verdad en amor, creceremos en todos los aspectos en Aquel que es la cabeza, es decir, Cristo…” Efesios 4:15 NBLA

Que nuestra alma y espíritu puedan conocer a Dios en una tierna experiencia personal y, al mismo tiempo, permanecer infinitamente elevados por encima de los ojos curiosos de la razón, establece una paradoja muy bien descrita como:

“Tinieblas para el intelecto, pero luz radiante para el corazón”.

Pues las verdades vistas bajo la lupa de Su amor (es decir, Cristo) simplemente nos dicen:

“Él es el que es…”

Y dime tú: ¿estás seguro de que fuiste hecho para algo más?

Que el alma pueda conocer a Dios en una tierna experiencia personal, mientras permanece infinitamente elevada por encima de los ojos curiosos de la razón, constituye una paradoja muy bien descrita como:

“Tinieblas para el intelecto, pero luz radiante para el corazón”.

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